Tocar con la punta de los dedos sin que el peso se apoye, suspendida la mano, inflados los antebrazos como dos pelotas, y las puntas de los dedos, las yemas, rozando apenas los pelitos de la felpa, hasta que uno, entre directo por un poro, hasta adentro de todo, toque alguna de las membranas y penetre mi cerebro con una hoja tan fina que no sienta dolor, no se sienta más que el frío de la hoja al pasar, y la cabeza que quedó partida en dos, un pedazo arriba del otro, y el viento que sopla es un soplido entre las pestañas y los ojos que intentan mantenerse abiertos. Dilatar mi propia pupila cuando mi mano se apoya en la mesa, al fin, el peso en la palma y en la carne gorda de las falanges, tres pequeñas prominencias por cada dedo, menos el pulgar, que se apoya en el tendón sobresalido de la palma. Pegar la mano a la madera laminada, barnizada hace ya casi un lustro, cinco años desde que pequeñas termitas comenzaron a tragarla y dejaron esta superficie dispar y suave. Despegar la mano de la madera, separando un gajo de mi pellejo en la palma, casi desde la muñeca, donde laten venas y arterias, y la sangre bombeada llega hasta las uñas y hasta el corazón.Surcos pequeños que rodean un punto justo en el centro, una elipsis abierta y deformada mientras se alarga para abajo, el punto justo en donde la yema toca cualquier otra cosa, otra piel, por ejemplo, y raspo para abajo, con tan poca fuerza que alguna pequeña montanita dura interrumpe la huella digital y queda de vuelta suspendida en el aire, aire suave que parece una tela, aire frío, un hilo fino, una lámina desprendida, una baba del diablo helada que reposa y envuelve mi dedo, la muñeca y el codo. Alisar la piel y desgarrar una finísima línea que avanza hasta que la gota roja de sangre caiga a un costado de mi brazo y deje su marca, reseca y dura como un caparazón diminuto.
Una alfombra manchada de rojo, una leve capa de mi sangre separada entre rulos blandos de lana y las patas de la última hormiga, perdida del hormiguero, reina de casi siete millones de huevos de hormiga debajo de un grano de arena, las patas finas de la hormiga que cala la cáscara ajada de sangre, se desespera y grita y el dedo gordo del pié presiona, aplastando los rulos de la alfombra y llegando hasta la base dura, y la débil osamenta de la hormiga se quiebra y pincha la punta del pie lleno de sangre y ajusta en el centro una tenaza filosa que parte los surcos blandos de la pie y perfora hasta la uña encarnada.
Apoyar la cabeza en un corte tirante de tiento entre dos hierritos curvos y dejar que la nuca deforme el tiento hasta darle un aspecto grotesco, cerrar mis dos ojos, dejar que el aire entre por debajo de la remera, que separe el hilo de la panza y el pecho, y se vuelva a apoyar como una pequeña ola. Un mundo de miniatura debajo de una frazada que subo hasta mi cuello, una frazada que pica en los brazos y en la cara, un pequeño mundo adentro, un millón de puntitos que se apoyan en mi piel y saltan, por todos lados, protegidos del frío, lejos del agua de atrás del vidrio, tapados como si nada más importara.
No hacer más que saltar, un salto punzante que pincha en el pecho, debajo de las costillas, en los brazos, en la axila y en todo el cuello y la quijada, picotear como pollitos recién nacidos, como hombrecitos que saltan en un solo pie, como pescados que intentan romper la red que los atrapa. Golpear y golpear con el frente de la cara hasta que la boca se parta en dos y los ojos se hundan hasta en el fondo de la vejiga natatoria. Sacar desde adentro la poca espuma de felpa tragada entre corrientes superpuestas varios metros debajo del agua, tirada en un anzuelo fosforescente y desprendido de la línea, una mueca aburrida y un círculo perfecto que se abre y se cierra.
Si una miga de pan mojada puede deshacerse, puede partirse infinitamente y sacar algo al menos de la cuarta parte suya, mi propio caparazón oxidado y una miga de desasosiego casi moral, puedo esforzarme por dejar de pensar que esta frazada pica hasta el fondo de los huesos.
Saltar hasta que se venga todo abajo, el agua tape la ciudad y seamos peces libres, seamos agua que circula por entre las escamas humedecidas, seamos una pequeñísima burbuja que se mete por las agallas que se separan, y la boca abierta y redonda, los ojos que ya no parpadean y el agua que nos desgasta, nos reduce sin parar, hasta transformarnos en un pequeño cornalito de colores, de vuelta un caramelo empaquetado sin abrir, un círculo sólido y dos colitas de celofán apoyadas en el mar reseco, en el salitre, en la lontananza blanca y sin sentido que se desmorona en un punto profundo, varios metros abajo y cubierto de sal, el caramelo de jengibre, hasta que de nuevo unos dedos, unas garras, pezuñas o lo que sea, surcos cualesquiera de huella digital, propia, manos no prensiles, al menos unos dientes incisivos separen las colas y giren el envoltorio salado, se despegue una abertura de papel y el caramelo se refleje azulado bajo la luz nueva del sol, la luz caliente que le derrite una gota nueva que cae y revienta en cuarenta pedacitos sobre la sal apilada pocos centímetros abajo.
S.


2 comentarios:
También me hizo reír, ¿o no debía?
La Sal apilando 40 centímetros de azucar, auto dentro de la ayuda, distancia suena bandoneónes, desorden precoz, una hoja roja, lo muy dulce y lo muy salado, dirección contraria pero dirección señor! Gracias le debo dos, hasta pronto.
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