
Caramelo de durazno, pera, mora; un poco de glucosa en el paladar y quince gramos de azúcar en la campanilla, desde ya con tranquilidad, agarrando ambas puntas del envoltorio, tirando hacia los costados, despacio, la vuelta que el caramelo hace a la vez que se va alisando el papel, desde adentro el color de la piel, reflejando la luz justo en la curva, hasta que el envoltorio queda liso, apoyado en la mesa, y el caramelo está sólo, estable, casi perfecto, qué más hay que saber, más que comer un caramelo. Tanto tiempo perdido en discusiones, algún revés altísimo que explique, que cierre de una buena vez el camino, largo ya, que desde algún tiempo emprendimos.
En una vuelta a la vida, la palabra de alguien que no sabe cuál es la duodécima parte de su propio caparazón, acaso, en sus propios pies ve que no sigue, ya, hacia ningún lado, no puede siquiera echarse atrás que la arena ya le llega al cuello, y el caramelo lo espera, porque no hay más verdad que en aquello que alguna palabra puede sólo designar, nombrar, apenas sugerir, dejando todo en sí mismo, un bruto óvalo al propio dulce, con la inocencia de un pequeño, su transparencia, su libertad, y no, como suelen equivocarse, alguien que cobre regalías, sino una propia degustación que muere entre las glándulas salivales, deshaciéndose nomás en la lengua, en el paladar, hasta que quede un último pedacito, una pequeña partícula, indivisible, el último rastro antes de la nada, como un último suspiro, el último aliento de materialidad, con la paz que le brinda una boca que mantiene el gusto, mantiene, en un recuerdo que no se inserta en la memoria, sino en la boca, ávido de alguna repetición, un eterno retorno al gusto, la vuelta, la boca independiente de cualquier otra cosa, ni el cerebro que la preceda, entonces, un micromundo con su propio tiempo, latente, a la espera del próximo, sea cual sea su gusto o su forma.
Caramelos de todo tipo, algunos, cuando los partís, iguales que afuera, otros, todo lo contrario, con chocolate, o cualquier otra cosa otra cosa. Nos queda, entonces, elegir, desde que nos sujetamos al tiempo, con un relojito afuera, un caramelo de anís, estresante, y a la larga no es más que sentir el azúcar, la alegría, esa inocencia infantil. Desde los frutales, los blandos, caramelos de dos colores, duro, nomás, por el frío ambiental, porque técnicamente, o sea, nominalmente, se define como un caramelo blando, de Tutti Fruti y ananá, Rothko, comprimiendo en azúcar al tiempo, o uno de chocolate amargo, por fuera, café por dentro, formalmente agradable, casi es necesario un traje para disfrutar su discreto placer, Man Ray recubierto de elegancia, de madurez, casi snobismo; cuando un Kubric, sabroso de naranja y durazno, colorido, como barato, pero de una acidez profunda, una lágrima al sentirlo, cierta melancolía de un caramelo ácido, sabor a naranja y durazno, o manzana y frutilla, un caramelo extraño con gusto a Berenjena picada en aceite y sal, cuando ya se fabrican otros con gusto a bife de lomo.
Desde las formas más simples a las más complejas un ejemplo, una costumbre, una conducta repetida e ideal, a centímetros de cualquier mano curiosa, subestimados desde hace rato, los caramelos son todo cuanto debemos saber.
Descuida, con el dejo de la alegría de un caramelo, disolviéndote en el tiempo, en un ambiente que te prueba, dejando tu gusto para veces posteriores, la vuelta de algún yo tuyo próximo, recuerdo o resurrección, quizás, de un alma no tan pasajera, no tan injuriosa, no tan trágica, una sonrisa expirada por la niebla y demás, tiempo roto, inhóspito planeta de las ánimas, en cuántos siglos veremos que no queda más que dejarse saborear, un profundo quejido ahogado, tal vez, y nada más, una melancolía gustosa, caramelo de licor de café, una alegría en la juventud y otra en la vejez, caramelo blando y aún más blando, una solemnidad crédula, previa a la razón, caramelo ácido de fruta, la razón con gusto a chocolate, y al final, en un último tiempo, con el cuerpo devastado, los dientes a la miseria, dejando el envoltorio a un lado, una última sonrisa, caramelo de leche.
En una vuelta a la vida, la palabra de alguien que no sabe cuál es la duodécima parte de su propio caparazón, acaso, en sus propios pies ve que no sigue, ya, hacia ningún lado, no puede siquiera echarse atrás que la arena ya le llega al cuello, y el caramelo lo espera, porque no hay más verdad que en aquello que alguna palabra puede sólo designar, nombrar, apenas sugerir, dejando todo en sí mismo, un bruto óvalo al propio dulce, con la inocencia de un pequeño, su transparencia, su libertad, y no, como suelen equivocarse, alguien que cobre regalías, sino una propia degustación que muere entre las glándulas salivales, deshaciéndose nomás en la lengua, en el paladar, hasta que quede un último pedacito, una pequeña partícula, indivisible, el último rastro antes de la nada, como un último suspiro, el último aliento de materialidad, con la paz que le brinda una boca que mantiene el gusto, mantiene, en un recuerdo que no se inserta en la memoria, sino en la boca, ávido de alguna repetición, un eterno retorno al gusto, la vuelta, la boca independiente de cualquier otra cosa, ni el cerebro que la preceda, entonces, un micromundo con su propio tiempo, latente, a la espera del próximo, sea cual sea su gusto o su forma.
Caramelos de todo tipo, algunos, cuando los partís, iguales que afuera, otros, todo lo contrario, con chocolate, o cualquier otra cosa otra cosa. Nos queda, entonces, elegir, desde que nos sujetamos al tiempo, con un relojito afuera, un caramelo de anís, estresante, y a la larga no es más que sentir el azúcar, la alegría, esa inocencia infantil. Desde los frutales, los blandos, caramelos de dos colores, duro, nomás, por el frío ambiental, porque técnicamente, o sea, nominalmente, se define como un caramelo blando, de Tutti Fruti y ananá, Rothko, comprimiendo en azúcar al tiempo, o uno de chocolate amargo, por fuera, café por dentro, formalmente agradable, casi es necesario un traje para disfrutar su discreto placer, Man Ray recubierto de elegancia, de madurez, casi snobismo; cuando un Kubric, sabroso de naranja y durazno, colorido, como barato, pero de una acidez profunda, una lágrima al sentirlo, cierta melancolía de un caramelo ácido, sabor a naranja y durazno, o manzana y frutilla, un caramelo extraño con gusto a Berenjena picada en aceite y sal, cuando ya se fabrican otros con gusto a bife de lomo.
Desde las formas más simples a las más complejas un ejemplo, una costumbre, una conducta repetida e ideal, a centímetros de cualquier mano curiosa, subestimados desde hace rato, los caramelos son todo cuanto debemos saber.
Descuida, con el dejo de la alegría de un caramelo, disolviéndote en el tiempo, en un ambiente que te prueba, dejando tu gusto para veces posteriores, la vuelta de algún yo tuyo próximo, recuerdo o resurrección, quizás, de un alma no tan pasajera, no tan injuriosa, no tan trágica, una sonrisa expirada por la niebla y demás, tiempo roto, inhóspito planeta de las ánimas, en cuántos siglos veremos que no queda más que dejarse saborear, un profundo quejido ahogado, tal vez, y nada más, una melancolía gustosa, caramelo de licor de café, una alegría en la juventud y otra en la vejez, caramelo blando y aún más blando, una solemnidad crédula, previa a la razón, caramelo ácido de fruta, la razón con gusto a chocolate, y al final, en un último tiempo, con el cuerpo devastado, los dientes a la miseria, dejando el envoltorio a un lado, una última sonrisa, caramelo de leche.
S.

6 comentarios:
I
S. INVADIR COMENTARIOS CON ANTORCHAS DE JUEGOS, SIN CENSURA PREVIA, CON CENSURA POSTERIOR si PARA LLEGAR A LOS INSTANTES DEL SILENCIO DONDE NO HABLAR ES HACER UN RÍO,
ADMIRAR EL JUEGO DE LAS PALABRAS DICHAS pero sin decirlas.
Pantalla pega sus pelos a la cara, la mañana hace blanco a uno, uno que se hace baldosa y qué hace: malabares de la vida.
Una inhalación más…
Un trazo en blanco
El espacio para la baldosa
El ocaso
II
Glándulas salivales en paraísos del caramelo: Yo, funda del caramelo, yo lo fundo, yo me fundo antes de llegar al sabor, mastico todo con cara de dulce para explotarme en lo amargo confundiendo mi máscara.
A brazo
hola, pasando un dia de estos por las calles de la web, me topé con ustedes... muy buen blog, muy buena parla... jajaja, yo tambien tengo uno, pero es un fiasco!!!
Hola, un dia de estos caminando por las sucias calles de la web, me topé con ustedes. Me gusta mucho su blog... yo tambien tengo uno, pero es un fiasco!!! jajaja, haber si se pasan un dia de estos por alla!!!
Gracias por el comentario, solo que ya no es un comentario, es poesía...de pájaros.
.
me sentí atropellado por azucar.
buen lenguaje, así como con una bicileta por un camino de trocha
no puedo evitarlo....Orestes, estás refuerte.
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