viernes, 30 de mayo de 2008

Al oído

dos cuerpos callados de bocas
tapadas talladas con pasto seco
desahogo y deshaceres en la punta de dedos
en las voces que acarician
en la talla de un pecho
punta dura de pico duro
no miran y callan y dicen del frío
las paredes de ladrillos, del techo
de un triángulo una ventana redonda
vidrio oscuro y reflejo quebrado
apagado en la opaca marea de botella
perdida negra de madera vieja
tablas rasqueteadas, barnizadas de polvo
una caída, un desliz lijado
en el crujir de los vasos vacíos,
en el ardor de los ojos abiertos,
la palma amplia y los cuerpos hedientos
de sangre transpirada de calores recordados

¿fuimos desnudos en nuestras yemas?
nos separaba el metro pelado
nos unía el hueco destemplado
el filo brillante de palabras heladas
que juntaron hollín en la campana

¿jugamos a las bocas frenéticas?
donde el bordado voluptuoso de un cable
de cobre de alambre,
la parodia
del momento
de la perplejidad
del nosotros caídos en ardor
del nuestro exaltante en un olvido

el placer de un susurro borroneado

S.

miércoles, 28 de mayo de 2008

Vitraux


Promesas

La mujercita miraba de arriba abajo lo que parecía ser un cadáver y repetía en vos alta una frase acerca de que ella no había querido hacerlo y de que el partido de Boca era importante pero no tanto como para que hiciera algo así, después agregaba que era cierto, que era verdad que había sido ella quien le había clavado el puñal y por si las dudas puesto cianuro en el chorizo que le había preparado engañándolo, prometiéndole que iban a ver el partido de Boca juntos y que ella se iba a poner la camiseta para gritar el gol a dos voces y secretar saliva blanca como un perro de la felicidad.

O Dolores

La mujercita se pasaba por las carnes del susodicho y respiraba entrecortada largando de a poco las palabras.
P

martes, 27 de mayo de 2008

Sonaja


Entra la niña corriendo por el pasillo
blanco y azul,
de botitas de caña corta
y larga pollera de terciopelo verde,
gastada,
corre con la blusa abierta,
el pelo hecho todo un nudo,
las lágrimas,
el rimel negro,
la boca borroneada.
Sube la escalera.
La madre espera con otro hombre,
en ese lugar de la casa vieja,
con el vestido y la luz naranja,
con la flor en el pelo,
el abanico en la mano.

La niña llega a los pies de la madre.
La madre con otro hombre.
¿Dónde está el padre?
pregunta la niña,
la madre,
que cerca de la ventanita,
de pulmón de manzana,
respira con la boca abierta,
no habla.

La niña levanta
el mantel de la mesa,
tira copas y platos,
busca dentro de cajones y armarios,
lo pide y lo quiere y lo encuentra
dentro de una canasta…
el saco, la corbata y el sombrero,
la niña lo abraza,
la madre le pega,
la niña lo abraza,
la madre llora,
el otro hombre se sienta
con la mano en la frente,
el seño fruncido y las ganas
de la casa,
el moisés sobre la mesa
mientras mamá corta zanahoria
y papá suena el sonajero. P

lunes, 26 de mayo de 2008

Imaginación y unidad


Hay algo de lo que habla Merlau Ponty que no me animo a desarrollar con tanta seguridad, pero que se trata del tiempo, más bien de la unidad que alcanzamos al percibir.
El concepto que utiliza es el llamado horizonte de expectativas. Esto tiene que ver con un antes y un después, no con la memoria intelectual.
Habla de que el presente del sujeto contiene en sí mismo un pasado retenido, es decir que ese pasado es todavía parte del presente de modo corporal y no como un recuerdo al cual se rememora intelectualmente. Por otra parte el presente contiene también el futuro como protensión, es decir como una expectativa que es también corporal y que es parte de ese presente de modo no intelectual.
El horizonte de expectativas, que se da tanto en lo temporal como en lo espacial, sería entonces, el que nos permite tener una unidad como sujetos y por tanto, darle una unidad al objeto que percibimos, es decir, darle unidad a la realidad.
Lo más interesante es que como el presente no depende de la memoria y de las experiencias pasadas rememoradas, todo presente tiene algo de original, de singular, lo que habilita a la imaginación y así a la creación.
P

Protensión

Será entonces, dicen, en un conventillo llamado Orestes.
Las puertas, los adoquines, la mezcla de culturas e idiomas.
No me imagino otro barro más rocoso después de 1810.
Cerdos urbanos que comen y beben...¡animensé!.
Los desafío a pasar palamas y dedos sobre estas superficies.
P

Girondo


No eres más que una vaca con un millón de ubres maternales... sin recordar, perdona, que enarbolas, entre el lírico arranque de tus cuernos, un gran nido de hornero.
P

Rimbaud







... ¡no nací para convertirme en esqueleto! Él era casi un niño. Voy a donde va, es necesario; y a menudo se encoleriza conmigo. No es un hombre, sabéis... es un demonio...
P

martes, 20 de mayo de 2008

Autoayuda III (última)

Tocar con la punta de los dedos sin que el peso se apoye, suspendida la mano, inflados los antebrazos como dos pelotas, y las puntas de los dedos, las yemas, rozando apenas los pelitos de la felpa, hasta que uno, entre directo por un poro, hasta adentro de todo, toque alguna de las membranas y penetre mi cerebro con una hoja tan fina que no sienta dolor, no se sienta más que el frío de la hoja al pasar, y la cabeza que quedó partida en dos, un pedazo arriba del otro, y el viento que sopla es un soplido entre las pestañas y los ojos que intentan mantenerse abiertos. Dilatar mi propia pupila cuando mi mano se apoya en la mesa, al fin, el peso en la palma y en la carne gorda de las falanges, tres pequeñas prominencias por cada dedo, menos el pulgar, que se apoya en el tendón sobresalido de la palma. Pegar la mano a la madera laminada, barnizada hace ya casi un lustro, cinco años desde que pequeñas termitas comenzaron a tragarla y dejaron esta superficie dispar y suave. Despegar la mano de la madera, separando un gajo de mi pellejo en la palma, casi desde la muñeca, donde laten venas y arterias, y la sangre bombeada llega hasta las uñas y hasta el corazón.
Surcos pequeños que rodean un punto justo en el centro, una elipsis abierta y deformada mientras se alarga para abajo, el punto justo en donde la yema toca cualquier otra cosa, otra piel, por ejemplo, y raspo para abajo, con tan poca fuerza que alguna pequeña montanita dura interrumpe la huella digital y queda de vuelta suspendida en el aire, aire suave que parece una tela, aire frío, un hilo fino, una lámina desprendida, una baba del diablo helada que reposa y envuelve mi dedo, la muñeca y el codo. Alisar la piel y desgarrar una finísima línea que avanza hasta que la gota roja de sangre caiga a un costado de mi brazo y deje su marca, reseca y dura como un caparazón diminuto.
Una alfombra manchada de rojo, una leve capa de mi sangre separada entre rulos blandos de lana y las patas de la última hormiga, perdida del hormiguero, reina de casi siete millones de huevos de hormiga debajo de un grano de arena, las patas finas de la hormiga que cala la cáscara ajada de sangre, se desespera y grita y el dedo gordo del pié presiona, aplastando los rulos de la alfombra y llegando hasta la base dura, y la débil osamenta de la hormiga se quiebra y pincha la punta del pie lleno de sangre y ajusta en el centro una tenaza filosa que parte los surcos blandos de la pie y perfora hasta la uña encarnada.
Apoyar la cabeza en un corte tirante de tiento entre dos hierritos curvos y dejar que la nuca deforme el tiento hasta darle un aspecto grotesco, cerrar mis dos ojos, dejar que el aire entre por debajo de la remera, que separe el hilo de la panza y el pecho, y se vuelva a apoyar como una pequeña ola. Un mundo de miniatura debajo de una frazada que subo hasta mi cuello, una frazada que pica en los brazos y en la cara, un pequeño mundo adentro, un millón de puntitos que se apoyan en mi piel y saltan, por todos lados, protegidos del frío, lejos del agua de atrás del vidrio, tapados como si nada más importara.
No hacer más que saltar, un salto punzante que pincha en el pecho, debajo de las costillas, en los brazos, en la axila y en todo el cuello y la quijada, picotear como pollitos recién nacidos, como hombrecitos que saltan en un solo pie, como pescados que intentan romper la red que los atrapa. Golpear y golpear con el frente de la cara hasta que la boca se parta en dos y los ojos se hundan hasta en el fondo de la vejiga natatoria. Sacar desde adentro la poca espuma de felpa tragada entre corrientes superpuestas varios metros debajo del agua, tirada en un anzuelo fosforescente y desprendido de la línea, una mueca aburrida y un círculo perfecto que se abre y se cierra.
Si una miga de pan mojada puede deshacerse, puede partirse infinitamente y sacar algo al menos de la cuarta parte suya, mi propio caparazón oxidado y una miga de desasosiego casi moral, puedo esforzarme por dejar de pensar que esta frazada pica hasta el fondo de los huesos.
Saltar hasta que se venga todo abajo, el agua tape la ciudad y seamos peces libres, seamos agua que circula por entre las escamas humedecidas, seamos una pequeñísima burbuja que se mete por las agallas que se separan, y la boca abierta y redonda, los ojos que ya no parpadean y el agua que nos desgasta, nos reduce sin parar, hasta transformarnos en un pequeño cornalito de colores, de vuelta un caramelo empaquetado sin abrir, un círculo sólido y dos colitas de celofán apoyadas en el mar reseco, en el salitre, en la lontananza blanca y sin sentido que se desmorona en un punto profundo, varios metros abajo y cubierto de sal, el caramelo de jengibre, hasta que de nuevo unos dedos, unas garras, pezuñas o lo que sea, surcos cualesquiera de huella digital, propia, manos no prensiles, al menos unos dientes incisivos separen las colas y giren el envoltorio salado, se despegue una abertura de papel y el caramelo se refleje azulado bajo la luz nueva del sol, la luz caliente que le derrite una gota nueva que cae y revienta en cuarenta pedacitos sobre la sal apilada pocos centímetros abajo.

S.

viernes, 16 de mayo de 2008

En el conventillo


Unos pasos arriba, las escaleras, la puerta de madera vencida, el buzón oxidado de bronce y una cerradura podrida; el patio diminuto de pulmón viejo de manzana, las baldosas cuadradas, negras y blancas, las paredes rugosas manchadas y las ventanas diminutas de los baños hacia dentro.... adentro; la noche nueva de la tarde y el vacío silencioso que espera a cinco caídos del mundo, ¿dónde andarán sus caras?, ¿cuáles serán sus risas?, ¿sus gritos?...

jueves, 15 de mayo de 2008

Autoayuda II

Profundo un vacío alargado que se extiende entre el estrecho pasillo oblicuo y una puerta pesada. Un eco repetido superpuesto a la caída visible de un rectángulo de madera, y el cuerpo mismo descansando en el piso, callado como un espacio de nada entre montículos oscuros y cuatro paredes blancas. Cinco metros a lo sumo, nada más. Arriba, el techo quieto y un ventilador apagado, las paletas inmóviles y cuatro pares de tornillos que la sostienen y proyectan apenas una sombra. En el centro del ventilador, un cable verde, un cable negro y otro rojo, trenzados, sostienen una bombita de luz transparente y apagada. Se suspende en el aire que la separa del piso.
Hola, digo una vez y vuelve siete veces, siete veces en medio segundo, hola, digo de nuevo, hola, siete veces en cinco metros y después el silencio, después nada. Un resoplido desde la nariz, una exhalación, el aire que se libera casi todo en un instante y en un tiempo subsiguiente se larga el resto, un segundo alargado que susurra hasta que enmudece, la inhalación, seis segundos de demora y de nuevo la nariz que exhala. Dónde queda el punto exacto que rebotan mis palabras, la pared pintada, la esquina cerrada, allá en un ángulo agudo, las marcas del piso y la puerta con picaporte dorado, la cerradura vacía y negra, un silbido que se escapa y pide ayuda. Al menos una sombra se proyecta con mi forma y al menos un círculo oscuro se balancea cuando muevo mí cabeza.
Qué puede protestar el mosquito que deambula, un punto negro con alas, un zumbido que de a poco crece, un pico largo que se para ente lo pelos cortos del antebrazo, tres, cuatro pasos, las piernas se apoyan y casi se escucha cuando perfora la piel y me succiona. Una sacudida de la otra mano, un ruido seco y el mosquito levanta vuelo y se pierde en el pasillo. Como idiota yo, me encierran las puntas altas donde convergen pared, pared y techo, o piso, hola, digo otra vez y vuelven de nuevo los siete holas, vuelven los cinco metros cortos, la pared con ventana, el pasillo, nada, un eco, y después el silencio, hola, le pido a la pared que se deshaga, que deje correr la pequeña vibración de las cuatro letras después de la hache, que se cansen hasta deshacerse, hasta dejar los puntos que la escribieron como granos de arena que nada más escuchan al mar, las olas que rompen y la espuma.
El mosquito en el piso, al lado del rectángulo de madera, el mosquito sube al rectángulo e intenta clavar su pico, un pie mío que se levanta y proyecta su sombra, que patea la madera y la hace dar tres vueltas mientras el mosquito se aleja, mientras el mosquito vuela y se escapa por la cerradura, ya no digo hola, grito, en cambio, grito una mezcla entra la o y la a, y vuelve como una campana, rebota en mi cabeza y la ventana tiembla, el vidrio golpea repetidamente contra el marco de hierro pintado y vuelvo a gritar, y la o rebota y la a se escapa como el mosquito, filosa que deshace la cerradura y abre la puerta y entra el aire, aire fresco de mar, aire que deshace las paredes, las transforma en ventanas, vidrio, y después nada, hola y se aleja el hola en el aire y no vuelve. Una palabra nueva, una palabra hasta entonces desconocida, y otra palabra nueva, se mezclan los intervalos de segundos silenciosos, el mar que acompaña, las vocales desde adentro del aire, el agua, las consonantes flamean clavadas en un punto seguido, en una pausa, una coma, un aire inhalado y después dejan pasar el sonido de la palabra que ya no queda seco, un hola que ahora deja chorrear algunas gotas de agua de su hache, su o su ele y su a, deja y pasa al ras del mar, saltando, mientras gira con otros sonidos, el ruido de espuma que avanza por la arena de la costa hasta que no puede más, se toma un segundo para dejar su silencio, y después vuelve con el mismo ruido. El ruido de gaviotas que no llegan a verse, el constante cotorreo de varios picos que cada tanto callan un momento, se hacen más visibles, y vuelven a perderse en su sonido. Las palabras, cortas, apretadas en cuatro o cinco letras, el espacio en el medio y un silencio que las nombra de vez en cuando, cuando dejan de volar y descansan, cuando quizás sea que están haciendo la plancha, el agua de mar, el agua salada ayuda. Palabras que descansan y se tiran, se relajan, palabras lejos de la tierra, palabras cortas y desapuradas, palabras sin punto, desestresadas, el aire y el agua apenas que salpica.
Palabras cortas y filosas, caen en punta, palabras que rebotan todas en las paredes blancas, la ventana quieta y callada, palabras que llueven dentro, la letra a que vuelve desde la cerradura y queda nada, un agujero negro y el reborde de bronce, los sonidos que caen y rebotan, un solo sonido que se arma, que se forma por el eco, por el ruido que rebota en las paredes y en el vidrio, una mezcla de todas las vocales, las consonantes y el rectángulo de madera que intenta aislarse quieto en sí mismo.
Silencio después de un rato, la puerta y la ventana, el piso de madera y yo, y el silencio, casi circular. Qué se puede decir, todo quedó dicho, ni mi nombre puedo escribir, no queda nada más más que callar, dejarle al silencio un rato, al rectángulo de madera que hable con su mudez, que la puerta se quede quieta y deje a la ventana, la luz que pasa, el hierro de los marcos y el piso y el rectángulo, y después yo, callado, un resoplido desde la nariz, una exhalación, el aire que se libera casi todo en un instante y en un tiempo subsiguiente se larga el resto, un segundo alargado que susurra hasta que enmudece, la inhalación, seis segundos de demora y de nuevo la nariz que exhala, cada vez más apagada y tranquila, recostada en el silencio y con punto de apoyo en el rectángulo, y nada más, al menos por un rato, un tiempo sin sonido.

S.

miércoles, 7 de mayo de 2008

Autoayuda I


Caramelo de durazno, pera, mora; un poco de glucosa en el paladar y quince gramos de azúcar en la campanilla, desde ya con tranquilidad, agarrando ambas puntas del envoltorio, tirando hacia los costados, despacio, la vuelta que el caramelo hace a la vez que se va alisando el papel, desde adentro el color de la piel, reflejando la luz justo en la curva, hasta que el envoltorio queda liso, apoyado en la mesa, y el caramelo está sólo, estable, casi perfecto, qué más hay que saber, más que comer un caramelo. Tanto tiempo perdido en discusiones, algún revés altísimo que explique, que cierre de una buena vez el camino, largo ya, que desde algún tiempo emprendimos.
En una vuelta a la vida, la palabra de alguien que no sabe cuál es la duodécima parte de su propio caparazón, acaso, en sus propios pies ve que no sigue, ya, hacia ningún lado, no puede siquiera echarse atrás que la arena ya le llega al cuello, y el caramelo lo espera, porque no hay más verdad que en aquello que alguna palabra puede sólo designar, nombrar, apenas sugerir, dejando todo en sí mismo, un bruto óvalo al propio dulce, con la inocencia de un pequeño, su transparencia, su libertad, y no, como suelen equivocarse, alguien que cobre regalías, sino una propia degustación que muere entre las glándulas salivales, deshaciéndose nomás en la lengua, en el paladar, hasta que quede un último pedacito, una pequeña partícula, indivisible, el último rastro antes de la nada, como un último suspiro, el último aliento de materialidad, con la paz que le brinda una boca que mantiene el gusto, mantiene, en un recuerdo que no se inserta en la memoria, sino en la boca, ávido de alguna repetición, un eterno retorno al gusto, la vuelta, la boca independiente de cualquier otra cosa, ni el cerebro que la preceda, entonces, un micromundo con su propio tiempo, latente, a la espera del próximo, sea cual sea su gusto o su forma.
Caramelos de todo tipo, algunos, cuando los partís, iguales que afuera, otros, todo lo contrario, con chocolate, o cualquier otra cosa otra cosa. Nos queda, entonces, elegir, desde que nos sujetamos al tiempo, con un relojito afuera, un caramelo de anís, estresante, y a la larga no es más que sentir el azúcar, la alegría, esa inocencia infantil. Desde los frutales, los blandos, caramelos de dos colores, duro, nomás, por el frío ambiental, porque técnicamente, o sea, nominalmente, se define como un caramelo blando, de Tutti Fruti y ananá, Rothko, comprimiendo en azúcar al tiempo, o uno de chocolate amargo, por fuera, café por dentro, formalmente agradable, casi es necesario un traje para disfrutar su discreto placer, Man Ray recubierto de elegancia, de madurez, casi snobismo; cuando un Kubric, sabroso de naranja y durazno, colorido, como barato, pero de una acidez profunda, una lágrima al sentirlo, cierta melancolía de un caramelo ácido, sabor a naranja y durazno, o manzana y frutilla, un caramelo extraño con gusto a Berenjena picada en aceite y sal, cuando ya se fabrican otros con gusto a bife de lomo.
Desde las formas más simples a las más complejas un ejemplo, una costumbre, una conducta repetida e ideal, a centímetros de cualquier mano curiosa, subestimados desde hace rato, los caramelos son todo cuanto debemos saber.
Descuida, con el dejo de la alegría de un caramelo, disolviéndote en el tiempo, en un ambiente que te prueba, dejando tu gusto para veces posteriores, la vuelta de algún yo tuyo próximo, recuerdo o resurrección, quizás, de un alma no tan pasajera, no tan injuriosa, no tan trágica, una sonrisa expirada por la niebla y demás, tiempo roto, inhóspito planeta de las ánimas, en cuántos siglos veremos que no queda más que dejarse saborear, un profundo quejido ahogado, tal vez, y nada más, una melancolía gustosa, caramelo de licor de café, una alegría en la juventud y otra en la vejez, caramelo blando y aún más blando, una solemnidad crédula, previa a la razón, caramelo ácido de fruta, la razón con gusto a chocolate, y al final, en un último tiempo, con el cuerpo devastado, los dientes a la miseria, dejando el envoltorio a un lado, una última sonrisa, caramelo de leche.


S.

martes, 6 de mayo de 2008

Constancia Constantina

L

Y la tele llora


En el bacanal, los cerdos


Un cuchillo



¡¡¡Basta de poesía!!!
Es que hoy no quiero bailar…
Quiero contar una historia…
La de Osira…

Imágenes,
como un recorte,
¡Eso son ustedes, poetas!

Osira, Osira, Osira.

¡Un víctima!

Osira es una cicatriz con cola,
nacida del más duro sufrimiento,
abandonada como un triste
tatuaje en el fondo de un cuerpo.

P

La Espera I


Nada de lo que veían en la tele tenía que ver con el tipo de bufanda que estaban tejiendo con las agujas gordas de madera de algarrobo. Prendían y apagaban el aparato, se comían las uñas de tanto en tanto, y como por arte de magia entrelazaban las puntadas de lana negra en el tejido que ambos contribuían a terminar. Por un lado estaba Tato, con esos bigotes de cola de elefante, el sombrero belga algo manchado de café, y unas hojotas hwaianas adquiridas en un local de moda bárbaro de la calle Santa Fe. Por otro lado, a veces dormido, a veces escarbando la nariz con entusiasmo, estaba Peluca, con ese casco de rulos blancos que revivían los setenta, un short de tenis muy limpio y planchado, una remera a rayas, y un par de zapatillas sport que le hacía juego con la muñequera de toalla.
Cada vez que Peluca se escarbaba la nariz, Tato se miraba en un espejo de mano que guardaba en el bolsillo de su camisa. Peluca convertía en albóndiga su moco, lo rebosaba con un poco de tierra y lo metía en un frasco con tapa a rosca que decía Penélope, en honor al personaje mítico que admiraba, y susurraba una frase dedicada a la doncella que decía algo así como “Hasta que vuelvas amor mío”.
Así pasaban sus días, tejían de un lado Tato y del otro Peluca y la bufanda se iba acumulando en el medio de los dos dando forma a una montaña de lana negra que en la punta tenía un nido. En el nido, y casi igual que la canción del balde, estaba Caramelo, un pajarillo de pocas plumas y con las alas siempre extendidas que no cantaba. A veces se le daba por defecar la cabeza de Tato o la de Peluca dependiendo del humor y de la fecha. El pajarillo, que era de color escarlata sostenía en la punta de ambas alas, siempre extendidas, a Tatín y a Peluquín, dos ejemplares en miniatura de Tato y Peluca, que más allá de ser físicamente iguales a los segundos, nada tenían en común y hablaban con ellos casi tanto como los fantasmas con los mortales. Tatín cantaba el himno nacional por la mañana y Pelquín lo alentaba como si fuera un partido de fútbol.
Peluquín preguntó: ¿Es la hora?
Tatín dijo: Más adelante.
Peluquín preguntó: ¿Por qué?
Tatín dijo: Un banco no se roba en una semana, merece siglos de meditación.
Peluquín preguntó: ¿Vamos a robar un banco?
Tatín dijo: Ninguno.
Peluquín preguntó: ¿Entonces?
Tatín dijo: Vamos a hacer algo peor.
Peluquín preguntó: ¿Matar a Caramelo?
Tatín dijo: Entre otras cosas.
Peluquín preguntó: ¿Matar a Tato?
Tatín dijo: Entre otras cosas.
Peluquín preguntó: ¿Matar a Peluca?
Tatín dijo: Entre otras cosas.
Peluquín preguntó: ...
Tatín dijo: No preguntes más.
P

La eutanasia de Bacon (el pintor)


Palmir: "¡Todos comen panceta!"
Osira: "No necesito de la panceta, puedo sola. Mejor dicho, puedo de a dos o de a tres o de a cinco"
Palmir: "Es arte de locos come panceta"
Osira: "No quiero terminar calabera"
Palmir: ¿No vas a comer panceta?
Osira: No, pobre Bacon, lee la historia... (llora)
P



lunes, 5 de mayo de 2008

El viajante


Te soñé. Transitabas un espacio sin nombre. Partías hacia una lejanía perdida en horizontes, llevando a cuestas un equipaje. Perplejo se veía tu semblante, ya entonces estropeado.
Insólito acontecer en mi conciencia.

Irrumpí en tu paso acelerado. Intentando retenerte surgieron palabras desconocidas, repetíanse cual si fueran estrofas de un discurso indescifrable. Alcancé a divisar tu rostro desencajado.
En un momento después, pude contener tu cuerpo. Fue cuando las imagenes comenzaron a diluirse. Como pinturas se mezclaron en un remolino gris que se detuvo.

A

Elefantes en tela de araña




Había tres cabras sobre el barandal, este era los suficientemente ancho como para que no cayeran. Se movían como en un subibaja tomadas de los dedos. Los ojos se le agrandaban con la pendiente y disminuía su temor al acercarse entre dos a los fondos.

Desde el oscuro real de una cama que navega, se objetiva nuestra condición, trozos de la tierra, cuerpitos blandos que de nada escapan, que mutan, que rumian.

Ese cacho de cordón umbilical que se corta al nacer, ese olor de fiesta y feria, no da miedo en el principio de un cuento o en el gritar de figuras llenas de colores, pero sí aparece en la cama que navega, objetiva, en la noche de un día tan concreto.

A las cabras les pasó que vino para sumarse un cerdo y todos mutaron para ser más parecidos, entonces, cuando vino la quinta, ya no se sabía si era cabra o cerdo.

Y era una canción que ante el miedo y la gracia empezaron a cantar, era una canción infantil como sus dedos, y decía que un elefante se balanceaba, ridículo, sobre la tela de una araña, pero en cuanto fueron siendo más, la tela ya no se rompería, y lo ridículo cedió al balanceo y la música empezó a sonar en las campanas, tal vez, de una torre enorme.

Desde el oscuro fondo de una cama que navega a la mitad de la noche, como noche singular y objetiva de la vida de una persona, también se dan las campanadas, y resuenan, lejos, estremeciendo lo que antes no hizo bailar.


P