lunes, 31 de marzo de 2008

Oremos



Me saqué los zapatos hace diez segundos y recién ahora siento sincero el frío del piso de azulejos. Cuento las figuras de la guarda, sigo la línea recta en la pared y clavo mis ojos en la cortina que se arruga en la izquierda. Los pies doblados, los brazos me cuelgan paralelos y suspiro sólo si siento que mi cuerpo vive. Contemplo el espacio como para dejarse funcionar sin apremios ¿Cuándo te han dicho de cómo se hace esto? Solos en un gran trono perfecto para las narraciones, pero en este ámbito todo es parte de una gran cosa que se mezcla con esa guarda y con el azul de los azulejos que me parecen fríos. Doy vuelta una hoja al libro que leo, tomo alguna nota perdida en el margen de mi cuaderno, y pienso que pensé quien no quiso ser alguna vez un cartelito de baño, pero de eso me río ahora y sé que los baños públicos nada tienen que ver con los santuarios.
Es cierto, peinados parecen feos, sólo les queda darse vuelta y dejarse mojar el cuero cabelludo con un poco de líquido, ¡y no se tomen la aspirina de las cinco!, aflojen un poco al tema de ponerse en pedo, a Rial y a la Mona Giménez. En el momento en que se cierra la puerta no se necesitan pequeñeces, todo es como el andar de una escalera mecánica, se anda sin exigencias. De ser es cómodo el asiento, y entregarse al placer de dejar lo que se ha venido armando. Entonces, les digo, la diferencia entre la cocina y el baño no es más que el trayecto y la glotonería, porque uno está lleno cuando el cuerpo se vacía y queda por todo concepto aquel producto de muestra vida y no como concepto sino como eso, cosa.
P

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