lunes, 31 de marzo de 2008

Balanceando los pies sobre el agua

Después de terminar de construir la chanchería en mi balcón, coloqué algo de paja en el interior y llené los comederos de metal con maíz. Los granos amarillos cayeron en el cilindro vacío y sonaron hasta llenarlo y rebalsar. Algunos de ellos rodaron por el piso y se esparcieron en todas direcciones.
Antes de salir a buscar los porcinos, me preparé una taza de café con leche y le agregué dos cucharadas de azúcar. Empapé una medialuna en el líquido y pronto se volvió más pesada, tanto, que se rompió y cayó en la taza salpicando la mesada blanca. Con la cuchara raspé el fondo buscando el pedazo de factura que se deshacía y como al final lo único que lograba era desmenuzarla más, volqué el café en la bacha con cierto disgusto, pero la compra de los porcinos me animaba.
Saqué el auto del estacionamiento. Pensé que el cuidador se había ido al baño e intenté, como quien dice, pasar desapercibido y no abonar el día, pero antes de que terminara de subir la rampa, una barra a rayas rojas me lo impidió. Consideré la opción de bajarme y abrirla a la fuerza, pero después me imaginé a mi mismo forcejeando con la barra a rayas rojas y comprendí que aquello podía parecer un robo con todas las letras.
Los diez minutos de espera detrás de la valla fueron bastante duros, tenía algo de ansiedad por llegar a Campana y comprar los chanchos. Además había quedado en pasar por lo de Felipe a eso de las 9:00.
Tomé la calle rápido y doble en la primera esquina, frené en el semáforo y me distraje con los malabaristas. Los detesto, pero no hablo de este sentimiento con nadie porque tal apreciación, en una persona como yo, puede llegar a sonar bastante incoherente, principalmente porque siempre me distraigo con ellos y les dejo unas monedas para que sobrevivan. Los malabaristas nunca me gustaron, al igual que los payasos o las bailarinas, me causan una sensación desagradable.
Cuando llegué a la casa de mi amigo él ya había bajado y me esperaba con bronca apoyado en la pared del edificio, de brazos cruzados y moviendo el pie.
Abrí la puerta y le indiqué que subiera, pero antes de subir me dijo Nicolás esto y lo otro y más acá y más allá. No le explique nada del estacionamiento porque a él no le gustan las excusas y yo quería comprar mis chanchos y charlar trivialidades por el camino.
Agarre la autopista cerca del río y puse la radio para que se calmara. Felipe saco el mate y lo preparó callado. Después me alcanzó uno y me contó algo de sus alumnos y otras cosas de electricidad de su casa que no entendí. A él le encanta arreglar enchufes y poner interruptores. Además trabaja de profesor de tecnología en un secundario de Palermo y ahora está construyendo un tren como pasatiempo.
Llegamos a Campana antes del mediodía y entramos en el criadero esquivando charcos. Cuando observé la inmundicia en la que se encontraban los animales pensé que mis chanchos serían de elite y me reí por dentro hasta que saqué afuera una carcajada sin control que desconcertó al vendedor que me explicaba algo que yo no escuché. Al rato el hombre se calló y yo señalé una pareja de cerdos que comía escondiendo la cabeza en el comedero. Felipe me susurró que esos no estaban en venta y que el vendedor ya me lo había aclarado. Yo estiré el dedo disimulando que me había equivocado y señalé los que estaban un poco más atrás.
Una vez que les ataron las patas, me di cuenta de que los animales eran un poco chicos, pero me tranquilicé pensando que en definitiva eran chanchos de departamento.
Durante el viaje discutimos el nombre de los cerdos y en ocasiones subimos el tono de voz. Felipe pensaba que había que ponerles nombre de cosas y yo decía que los nombres eran los nombres de personas, no de cosas universales, sino particulares, que no es lo mismo decir un nombre que todo el mundo sabe que es un nombre, que decir un nombre que se puede confundir con una cosa.
Paramos a comer un choripán en la costanera y nos sentamos en el barandal con los pies colgando sobre el río para terminar de discutir como se llamarían los cerdos.
La de manchitas en el lomo, con orejas grandes y pelo muy duro, se llamó Margarita, porque es una mezcla entre cosa y nombre. En un principio pensé que era poco apropiado por lo del refrán, pero no me quise seguir oponiendo porque una solución de compromiso entre cosa y nombre me pareció justa.
Al macho, a quien le compramos un collar de cuero en el camino, le pusimos Hamer porque Felipe insistió en que era un nombre. A pesar de que no me gustan los nombres extranjeros, le creí y acepté.
Apenas si pude cargar con Margarita hasta la puerta del edificio. Margarita seguía teniendo las patas atadas y movía el hocico como previniendo la catástrofe. Levanté el pie izquierdo para llegar al tercer escalón, lo apoyé con algo de inseguridad al sentir la superficie de mármol y elevé el resto del cuerpo. Uno de mis dos pies, y aunque todavía lo intento, no puedo recordar cual, resbaló algo más que lo normal arrastrando consigo al resto del cuerpo y a la chancha. Después, el otro pie perdió el apoyó por completo y prácticamente me desarme sobre los tres escalones que separan la vereda de la puerta principal. Felipe dejó a Hamer a un lado y extendió la mano para que me levantara. Margarita gritaba como si la estuvieran matando y no dejó de hacerlo aunque traté de calmarla rascándole detrás de las orejas. Parece que Hamer se asustó, porque también empezó a gritar descontroladamente. Subimos los diez pisos a grito pelado y recién se calmaron cuando cerramos la puerta del departamento.
Les desaté las patas y se pararon haciendo ruido con el hocico, y olieron el lugar y se pusieron a mirar como esperando algo. Enseguida les traje una lata con agua que tomaron desesperados enchastrandolo todo. Después comieron el maíz que hicieron crujir entre los dientes y con Felipe coincidimos en que era una escena muy linda, casi conmovedora, que el maíz amarillo les quedaba bien y que aunque le íbamos a dar de comer comida muy variada, el maíz no les iba a faltar nunca.
El vecino de arriba nos miró por la ventana con los postigos a medio abrir, y en lugar de hablarnos desde ahí, llamó por teléfono y dijo que el edificio no permitía chanchos, ni ningún otro animal que no sea perro o gato, tal vez sí un canario.
Traté de hacer caso omiso de lo que me había dicho porque pensé que su perro era mucho más molesto que los chanchos y que a nadie le gustaba que ladrara a la mitad de la noche y que dejara olor en el ascensor, pero que de todas formas lo tenía y no se lo habían prohibido.
Para las 5:00 de la tarde, cuando Felipe y yo hacíamos una pastafrola, pasó por debajo de la puerta un sobre. Era una carta de la administración que me obligaba a deshacerme de los cerdos dentro de las veinticuatro horas y que me advertía que si en ese período llegaba a haber algún daño o perjuicio, debería resarcirlo económicamente. Creo que lloré, porque Felipe, que estaba amasando y con las manos todas pegoteadas, me abrazo y me palmeo la espalda.
Tomamos mate y comimos torta junto a los chanchos que caminaban, inocentes, de acá para allá y que cada tanto hacían ruido con el hocico. Ya se habían prendido las luces en las calles y la gente miraba televisión. Lloré otro poco y Felipe también y entre una cosa y otra, llegamos a una conclusión: íbamos a donar los chanchos a un comedor infantil.
Esa noche, Margarita, Hamer, Felipe y yo, dormimos los cuatro en el balcón.
A la mañana siguiente preparé café con leche y serví medialunas, revolví mi taza con dos cucharadas de azúcar y no volqué ni una sola gota. Les atamos las patas a Margarita y a Hamer y los metimos en el auto, pero yo no los llevé porque no pude, por eso fue Felipe solo y me dijo que no me preocupara, que él lo haría. Los despedí con alegría porque pensé que era lo mejor y me acosté a dormir hasta que Felipe volvió.
Durante las dos horas y media que Felipe estuvo ausente, entre y salí de diferentes sueños sobresaltándome y despertándome en varias ocasiones. En uno de ellos estaba en el ascensor junto al perro del vecino echándole en cara lo sucio y oloroso que era su animal. El perro tenía cola de chancho, era rosada y enrulada con pelos muy cortos, parecía la de un programa infantil típico en el que aparece un cerdito alegre y rozagante. El perro movía la cola hacía un lado y hacía el otro y se mostraba contento con esa cola robada. Sentí un calor que empezó en el estómago y que terminó en los ojos, los sentía calientes, como si les salieran llamas. Me los tapé con un paño negro, di ocho vueltas sobre mis pies apretándome la nariz, frené algo mareado buscando el equilibrio y, cuando estuve listo, aclamado por un coro de niños dando indicaciones de frío o caliente, tibio, tibio, te quemaste, le arranqué la cola de chancho.
Felipe hizo sonar la llave en el picaporte y me terminó de despertar con los pasos en el piso de madera sin plastificar. Trajo masas secas y un té de manzanilla para levantarme el ánimo, pero yo no tenía ganas de comer y él se puso triste, así que mastique a la fuerza una masita de chocolate y me tomé el té con miel.
Desarmamos pieza por pieza la chanchería que habíamos construido juntos. Enrollamos el alambre, barrimos toda la paja. Quisimos conservar el comedero y discutimos si ponerlo de tacho de basura en la cocina, así nomás, tipo tacho bizarro, o si dejarlo en el living haciendo las veces de escultura estrambótica o de artesanía campestre que recupera la tradición pampeana. Para tacho era un problema porque las bolsas de residuos no le daban justo y porque si tirábamos algo muy pesado resonaba mucho y podía llegar a ser molesto. Como escultura tampoco, preferimos dejarlo tipo recordatorio en el balcón y plantarle una enredadera cerca que lo cubriera poco a poco.
Juntamos el maíz en dos bolsas de arpillera grande y decidimos deshacernos de él porque nos traía malos recuerdos. Planté algunos granos en el macetero del baño.
Fuimos hasta la costanera y tiramos las bolsas al río, nos quedamos sentados mirando como se hundían las bolsas de maíz y balanceando los pies sobre el agua.
P

1 comentario:

Anónimo dijo...

Es, sin duda alguna, uno de los mejores cuentos que he sabido leer; talentosísma pe mayúscula.