lunes, 31 de marzo de 2008

Oremos



Me saqué los zapatos hace diez segundos y recién ahora siento sincero el frío del piso de azulejos. Cuento las figuras de la guarda, sigo la línea recta en la pared y clavo mis ojos en la cortina que se arruga en la izquierda. Los pies doblados, los brazos me cuelgan paralelos y suspiro sólo si siento que mi cuerpo vive. Contemplo el espacio como para dejarse funcionar sin apremios ¿Cuándo te han dicho de cómo se hace esto? Solos en un gran trono perfecto para las narraciones, pero en este ámbito todo es parte de una gran cosa que se mezcla con esa guarda y con el azul de los azulejos que me parecen fríos. Doy vuelta una hoja al libro que leo, tomo alguna nota perdida en el margen de mi cuaderno, y pienso que pensé quien no quiso ser alguna vez un cartelito de baño, pero de eso me río ahora y sé que los baños públicos nada tienen que ver con los santuarios.
Es cierto, peinados parecen feos, sólo les queda darse vuelta y dejarse mojar el cuero cabelludo con un poco de líquido, ¡y no se tomen la aspirina de las cinco!, aflojen un poco al tema de ponerse en pedo, a Rial y a la Mona Giménez. En el momento en que se cierra la puerta no se necesitan pequeñeces, todo es como el andar de una escalera mecánica, se anda sin exigencias. De ser es cómodo el asiento, y entregarse al placer de dejar lo que se ha venido armando. Entonces, les digo, la diferencia entre la cocina y el baño no es más que el trayecto y la glotonería, porque uno está lleno cuando el cuerpo se vacía y queda por todo concepto aquel producto de muestra vida y no como concepto sino como eso, cosa.
P

Balanceando los pies sobre el agua

Después de terminar de construir la chanchería en mi balcón, coloqué algo de paja en el interior y llené los comederos de metal con maíz. Los granos amarillos cayeron en el cilindro vacío y sonaron hasta llenarlo y rebalsar. Algunos de ellos rodaron por el piso y se esparcieron en todas direcciones.
Antes de salir a buscar los porcinos, me preparé una taza de café con leche y le agregué dos cucharadas de azúcar. Empapé una medialuna en el líquido y pronto se volvió más pesada, tanto, que se rompió y cayó en la taza salpicando la mesada blanca. Con la cuchara raspé el fondo buscando el pedazo de factura que se deshacía y como al final lo único que lograba era desmenuzarla más, volqué el café en la bacha con cierto disgusto, pero la compra de los porcinos me animaba.
Saqué el auto del estacionamiento. Pensé que el cuidador se había ido al baño e intenté, como quien dice, pasar desapercibido y no abonar el día, pero antes de que terminara de subir la rampa, una barra a rayas rojas me lo impidió. Consideré la opción de bajarme y abrirla a la fuerza, pero después me imaginé a mi mismo forcejeando con la barra a rayas rojas y comprendí que aquello podía parecer un robo con todas las letras.
Los diez minutos de espera detrás de la valla fueron bastante duros, tenía algo de ansiedad por llegar a Campana y comprar los chanchos. Además había quedado en pasar por lo de Felipe a eso de las 9:00.
Tomé la calle rápido y doble en la primera esquina, frené en el semáforo y me distraje con los malabaristas. Los detesto, pero no hablo de este sentimiento con nadie porque tal apreciación, en una persona como yo, puede llegar a sonar bastante incoherente, principalmente porque siempre me distraigo con ellos y les dejo unas monedas para que sobrevivan. Los malabaristas nunca me gustaron, al igual que los payasos o las bailarinas, me causan una sensación desagradable.
Cuando llegué a la casa de mi amigo él ya había bajado y me esperaba con bronca apoyado en la pared del edificio, de brazos cruzados y moviendo el pie.
Abrí la puerta y le indiqué que subiera, pero antes de subir me dijo Nicolás esto y lo otro y más acá y más allá. No le explique nada del estacionamiento porque a él no le gustan las excusas y yo quería comprar mis chanchos y charlar trivialidades por el camino.
Agarre la autopista cerca del río y puse la radio para que se calmara. Felipe saco el mate y lo preparó callado. Después me alcanzó uno y me contó algo de sus alumnos y otras cosas de electricidad de su casa que no entendí. A él le encanta arreglar enchufes y poner interruptores. Además trabaja de profesor de tecnología en un secundario de Palermo y ahora está construyendo un tren como pasatiempo.
Llegamos a Campana antes del mediodía y entramos en el criadero esquivando charcos. Cuando observé la inmundicia en la que se encontraban los animales pensé que mis chanchos serían de elite y me reí por dentro hasta que saqué afuera una carcajada sin control que desconcertó al vendedor que me explicaba algo que yo no escuché. Al rato el hombre se calló y yo señalé una pareja de cerdos que comía escondiendo la cabeza en el comedero. Felipe me susurró que esos no estaban en venta y que el vendedor ya me lo había aclarado. Yo estiré el dedo disimulando que me había equivocado y señalé los que estaban un poco más atrás.
Una vez que les ataron las patas, me di cuenta de que los animales eran un poco chicos, pero me tranquilicé pensando que en definitiva eran chanchos de departamento.
Durante el viaje discutimos el nombre de los cerdos y en ocasiones subimos el tono de voz. Felipe pensaba que había que ponerles nombre de cosas y yo decía que los nombres eran los nombres de personas, no de cosas universales, sino particulares, que no es lo mismo decir un nombre que todo el mundo sabe que es un nombre, que decir un nombre que se puede confundir con una cosa.
Paramos a comer un choripán en la costanera y nos sentamos en el barandal con los pies colgando sobre el río para terminar de discutir como se llamarían los cerdos.
La de manchitas en el lomo, con orejas grandes y pelo muy duro, se llamó Margarita, porque es una mezcla entre cosa y nombre. En un principio pensé que era poco apropiado por lo del refrán, pero no me quise seguir oponiendo porque una solución de compromiso entre cosa y nombre me pareció justa.
Al macho, a quien le compramos un collar de cuero en el camino, le pusimos Hamer porque Felipe insistió en que era un nombre. A pesar de que no me gustan los nombres extranjeros, le creí y acepté.
Apenas si pude cargar con Margarita hasta la puerta del edificio. Margarita seguía teniendo las patas atadas y movía el hocico como previniendo la catástrofe. Levanté el pie izquierdo para llegar al tercer escalón, lo apoyé con algo de inseguridad al sentir la superficie de mármol y elevé el resto del cuerpo. Uno de mis dos pies, y aunque todavía lo intento, no puedo recordar cual, resbaló algo más que lo normal arrastrando consigo al resto del cuerpo y a la chancha. Después, el otro pie perdió el apoyó por completo y prácticamente me desarme sobre los tres escalones que separan la vereda de la puerta principal. Felipe dejó a Hamer a un lado y extendió la mano para que me levantara. Margarita gritaba como si la estuvieran matando y no dejó de hacerlo aunque traté de calmarla rascándole detrás de las orejas. Parece que Hamer se asustó, porque también empezó a gritar descontroladamente. Subimos los diez pisos a grito pelado y recién se calmaron cuando cerramos la puerta del departamento.
Les desaté las patas y se pararon haciendo ruido con el hocico, y olieron el lugar y se pusieron a mirar como esperando algo. Enseguida les traje una lata con agua que tomaron desesperados enchastrandolo todo. Después comieron el maíz que hicieron crujir entre los dientes y con Felipe coincidimos en que era una escena muy linda, casi conmovedora, que el maíz amarillo les quedaba bien y que aunque le íbamos a dar de comer comida muy variada, el maíz no les iba a faltar nunca.
El vecino de arriba nos miró por la ventana con los postigos a medio abrir, y en lugar de hablarnos desde ahí, llamó por teléfono y dijo que el edificio no permitía chanchos, ni ningún otro animal que no sea perro o gato, tal vez sí un canario.
Traté de hacer caso omiso de lo que me había dicho porque pensé que su perro era mucho más molesto que los chanchos y que a nadie le gustaba que ladrara a la mitad de la noche y que dejara olor en el ascensor, pero que de todas formas lo tenía y no se lo habían prohibido.
Para las 5:00 de la tarde, cuando Felipe y yo hacíamos una pastafrola, pasó por debajo de la puerta un sobre. Era una carta de la administración que me obligaba a deshacerme de los cerdos dentro de las veinticuatro horas y que me advertía que si en ese período llegaba a haber algún daño o perjuicio, debería resarcirlo económicamente. Creo que lloré, porque Felipe, que estaba amasando y con las manos todas pegoteadas, me abrazo y me palmeo la espalda.
Tomamos mate y comimos torta junto a los chanchos que caminaban, inocentes, de acá para allá y que cada tanto hacían ruido con el hocico. Ya se habían prendido las luces en las calles y la gente miraba televisión. Lloré otro poco y Felipe también y entre una cosa y otra, llegamos a una conclusión: íbamos a donar los chanchos a un comedor infantil.
Esa noche, Margarita, Hamer, Felipe y yo, dormimos los cuatro en el balcón.
A la mañana siguiente preparé café con leche y serví medialunas, revolví mi taza con dos cucharadas de azúcar y no volqué ni una sola gota. Les atamos las patas a Margarita y a Hamer y los metimos en el auto, pero yo no los llevé porque no pude, por eso fue Felipe solo y me dijo que no me preocupara, que él lo haría. Los despedí con alegría porque pensé que era lo mejor y me acosté a dormir hasta que Felipe volvió.
Durante las dos horas y media que Felipe estuvo ausente, entre y salí de diferentes sueños sobresaltándome y despertándome en varias ocasiones. En uno de ellos estaba en el ascensor junto al perro del vecino echándole en cara lo sucio y oloroso que era su animal. El perro tenía cola de chancho, era rosada y enrulada con pelos muy cortos, parecía la de un programa infantil típico en el que aparece un cerdito alegre y rozagante. El perro movía la cola hacía un lado y hacía el otro y se mostraba contento con esa cola robada. Sentí un calor que empezó en el estómago y que terminó en los ojos, los sentía calientes, como si les salieran llamas. Me los tapé con un paño negro, di ocho vueltas sobre mis pies apretándome la nariz, frené algo mareado buscando el equilibrio y, cuando estuve listo, aclamado por un coro de niños dando indicaciones de frío o caliente, tibio, tibio, te quemaste, le arranqué la cola de chancho.
Felipe hizo sonar la llave en el picaporte y me terminó de despertar con los pasos en el piso de madera sin plastificar. Trajo masas secas y un té de manzanilla para levantarme el ánimo, pero yo no tenía ganas de comer y él se puso triste, así que mastique a la fuerza una masita de chocolate y me tomé el té con miel.
Desarmamos pieza por pieza la chanchería que habíamos construido juntos. Enrollamos el alambre, barrimos toda la paja. Quisimos conservar el comedero y discutimos si ponerlo de tacho de basura en la cocina, así nomás, tipo tacho bizarro, o si dejarlo en el living haciendo las veces de escultura estrambótica o de artesanía campestre que recupera la tradición pampeana. Para tacho era un problema porque las bolsas de residuos no le daban justo y porque si tirábamos algo muy pesado resonaba mucho y podía llegar a ser molesto. Como escultura tampoco, preferimos dejarlo tipo recordatorio en el balcón y plantarle una enredadera cerca que lo cubriera poco a poco.
Juntamos el maíz en dos bolsas de arpillera grande y decidimos deshacernos de él porque nos traía malos recuerdos. Planté algunos granos en el macetero del baño.
Fuimos hasta la costanera y tiramos las bolsas al río, nos quedamos sentados mirando como se hundían las bolsas de maíz y balanceando los pies sobre el agua.
P

viernes, 28 de marzo de 2008

Pestaña

me visto de seda, me aprieto el estómago
hago cuatro gárgaras arriba y limpio mi boca

cuadro el reloj y los números, los palos romanos,
la línea la veo delgada que avanza y rebota
estúpidos, estúpidos, la hoja el viento
la niña la veo delgada que avanza y rebota

la frente arrugada, sudaba una gota
sangre manchada en la seda
a tientas me arrastro oscuro
encuentro un rojo y me pinto los labios
hago cuatro gárgaras y limpio mi boca
me mancho de rojo, me visto de seda

estúpidos, estúpidos, la línea rebota
avanzan los números romanos

pincel espumarado y negro cono
figura pestaña piel estirada
al raro cabo cuchillo afilado
golpea madera que avanza y rebota

me desnuda la seda, levanto las manos
el viento refresca la niña, cierra mi boca
transpiración que cuelga de mis ojos
patillas pegadas al cuello la puerta cerrada
el sol rebota y refleja
estúpidos, estúpidos,
la puerta cerrada

S

martes, 25 de marzo de 2008

Barranca abajo


Barranca abajo íbamos
el pasto desflecado
en el viento, deslumbraba el reflejo
descomponía el paso los segundos,
como un sabio acongojado y perplejo
el instante seco
el segundo bruto
el momento justo
la muerte lejos,
lejos de mis jardines
lejos de mis zapatos
S

domingo, 16 de marzo de 2008

Aura

Resonaban cánticos. Parecían venir desde otro lado,
de la eternidad, quizás.
Lejanos y desconocidos.
Lo supo,
todo ahí se mantendría imperceptible y quieto.


La permanencia prevalecía
¿Qué sería de los instantes que corrompen el estado de las cosas?
Se desvanecían, desperdiciándose, haciéndose polvo.
Inmóvil, sintió en los alrededores y adentros de su ser repetirse la palabra tiempo.

A

sábado, 15 de marzo de 2008

De Noche


Dentro de las posibilidades que me dan estos tiempos ¿tiempos de qué?, me pregunto si realmente existieron todas esas cosas que nos dicen que existieron: calles de adoquines, carros, el río llegando a Libertador. Me dijeron, y particularmente ella, Tati, que sobre la lomada de Rojas (la continuación de Santa Fé) antes había una sola casita, y yo le creo, porque ella no mentía. Y parece que soy la única que sabe que ella vivió, que le decían Goya, que tenía los ojos más grandes que vi. Un vez recuerdo que dijo “Parece mentira como puedo ver la expresión exacta de mi mamá, esa mueca, el olor, la sensación”.
Escucho tango, me da melancolía de una época que no viví.
Todavía tengo insomnio. Estoy incomoda, como si me molestara vivir, no quiero pensar en mañana, pero lo hago de una forma tan continua que me da asco, porque mañana todavía no llega, y si llegará sé que voy a sufrir porque no puedo proyectarme, solo esperar.
En el insomnio se dan las cosas de una forma rara, y las recuerdo y las tiño de pegotoso pegamento. Pero si hago un esfuerzo, sé que supe ser feliz, no hace unos años, ni unos meses, sino hoy mismo, antes de esta sensación de insomnio.
Es gracioso, pero soy constante en esa sensación de tener que estar durmiendo y sentir que estoy despierta y de querer dormir para despertar cuando corresponde.
Hay algo en esa película.... yo lo sé, me dio directo en el centro del aliento. Si pudiera desarrollar el tema de la honestidad. ¿Cuánta? ¿Qué? Creo que hay una escena, una imagen.... una nena mirando por la ventana cosas que no puede entender.
Gracias a algo, hace un mes, más o menos, pasé unos días en el sur, y encontré, durante las últimas horas, una especie de cuadritos indígenas que me entendieron a mi, y eso se lo agradezco a los indígenas de hace más de quinientos años, entenderme y expresarme.


P

viernes, 14 de marzo de 2008


una rama que
torcida hace verde
tu miraste


caramé mío
granito de miel de
azúcar tibia


te sostengo y
caes cuando no miro
cuando despierto


L


jueves, 13 de marzo de 2008

8 3 08




viajaste clandestino en trenes despiadados
como pasajero de un amor desconocido

fuiste el anónimo portador de tu vértigo
distraído por las faldas de las extrañas

ahora
cuando suelten los perros de la noche
y apedreen tus huesos desolados
o te pidan el boleto de esta vida

sabrán del temblor de tu corazón puro
que clamaba por milagros?


Javier Galarza


lunes, 10 de marzo de 2008

Imágenes Rotas - Cuerpos Partidos

Orestes: ¿Quién dirá que estamos enfermos?, ¿quién gritará por el punzón que entra con ojos en nuestro cuerpo y lo deja agujereado como un queso, como las minas de Potosí?, ¿dónde queda el lugar para los pervertidos, para los que jadean, para los que salivan? En un rincón, nosotros, los aburridos; parodia de carnaval, ¿qué es el cuerpo, pues? un frenesí; ¿el tiempo escondido?, una voluptuosidad.
S

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"Es preciso que uno mismo haya caído en la celada de esta astucia interna de la confesión para que preste un papel fundamental a la censura, a la prohibición de decir y de pensar; también es necesario haberse construido una representación harto invertida del poder para llegar a creer que nos hablan de libertad esas voces que en nuestra civilización, desde hace tanto tiempo, repiten la formidable conminación de decir lo que uno es, lo que ha hecho, lo que recuerda y lo que ha olvidado, lo que esconde y lo que se esconde, lo que uno no piensa y lo que piensa no pensar"

Michel Foulcault





Confesiones de un cartelito de baño

Entre cuatro lados y un fondo blanco, un rectángulo azul es todo lo que tengo. No hay triángulo y soy hombre. De ahí, claro. Me encuentro parado. Si al menos el azul fuera agua, quizás no sería yo sino una balsa de un solo tronco y una tripulación entera de fósforos, de los más cortos. Por el momento, paso, aunque. Paso, de todas formas. Desde luego, no desde luego. Tuve unos segundos pero acababa de llegar. Claro, no había nada más que esto. Nada más que me importara. La luz se refleja en espejos y a veces en piedras. Acaso. La luz. Una sombra mínima ni siquiera puede decirme eso. No puede, digo, pero. Aunque pero nada y te quedás callado. Qué me tenés que decir; el agua se refleja en la luz y en, desde ya, es la luz, perdón, la luz que se refleja en el agua y en. No, todas las piedras no. Tanto de eso no sé. La luz se refleja en espejos y a veces en piedras. ¿Y ése soy yo? Por momentos no, me olvido. Ese, de ahí. Te tengo que creer, en realidad, pero porque no me queda otra. Ese. Unos más y veremos después, como me dijeron; la luz se refleja en espejos y a veces en algunas piedras. También, creo, en el agua. Pero no soy agua, yo soy azul. A veces la luz en el agua. Tampoco piedra. Tampoco. En el blanco un rectángulo, uno que. No siempre, pero a veces. De acá para allá, así, un rectángulo.
S

"Un momento somos libres, y en el momento siguiente somos esto. Aquí estamos, una vez más entre migas de pan y servilletas manchadas. Este cuchillo ya se congela de grasa. El desorden, la sordidez y la corrupción nos rodean. Nos hemos llevado a la boca cuerpos de pájaros muertos. Es con esas grasientas migas, babeadas en la servilletas, con esos menudos cadáveres, con lo que tenemos que construirnos."


Virginia Woolf






Un amor de un cartelito de baño


Entre ambos, ahora, no queda nada más que yo. Así es, mademoiselle, nadie. Sigo parado, pero entre rectángulos azules, siguen siendo azules, abajo del círculo, un triangulo y otro más chico y blanco, y otro, abierto y blanco. Entre ambos, ahora yo también, entre otros, querida, pero. El suyo, triángulo, enteramente azul, mujer, aunque. Yo no, no por mi parte, yo. Como una gigante, crece, allá. ¿No la ve? Esa mujer, la de allá, inflada como un globo, ni bien. Pero por favor, tómese algo antes, un café, yo invito. Relájese un segundo, o sea, medio grano marrón oscuro rígido, agua transparente que inunda, en eso, tomando cada vez un color más negro, entienda, apretando con fuerza, como una cabeza sanguínea, como una tapa truncada, cuando caliente el humo y el olor y una taza sobre un plato en la mesa, empero, un vaso de agua, antes una gota de leche fría y queda servido uno y otro, para mí no, aunque sin leche, para cuando se apoye, pero no.
Ya le dije, soy azul como ve. Ella se infla con su humo marrón y usted, mademoiselle, usted sabe lo que es temblar en rectángulos blancos, pero no se queje, usted al menos tiene un triángulo, o bien. El mío, en cambio, es blanco y azul, así como. Son en realidad dos rectángulos articulados. Vea la cabeza de la mujer, acaso no está más grande y redonda. Se está inflando, usted me entiende, querida. Usted, su círculo azul, aunque usted con su rosa no.
Puede que nos asemeje el blanco, pero acaso. Entiendo, no nos diferenciamos tanto, admítame que a usted no. Un círculo azul y diga que me acompañan cinco rectángulos, o sea, ni un triángulo. Además que su rosa se mueve, sonríe con el café, la mujer inflada, su rosa la acompaña y mueve el. Entre el humo y su café marrón, su cuerpo, su cuerpo rosa y las tazas con inscripciones rojas, querida, entonces. La vista de copas transparentes en mesas y colgadas, un vino tinto, círculos vacíos bordó manchados en las servilletas, al menos. El agua en el vaso, y usted, es que yo no soy agua, soy azul, claro que. Rosa y un triángulo, su cuerpo rosa, si bien el agua en vaso transparente, azulejos blancos, mademoiselle, entre ambos, sabe, no queda más que yo.
S


viernes, 7 de marzo de 2008

¡Morituri te salutant!

De plástico venimos... a una botella de coca cola, litro y medio no retornable, flotando en el Río de la Plata, acabaremos como mosquitos de verano. Es una pregunta. Pero de plástico llevamos un ídolo en la frente, un ídolo que fuma y masca coca, un ídolo que tiene bigotes y la boca grande y los bolsillos llenos de billetes falsos, llenos de arroz, de maíz y cebada; los números, los éxitos, pues, son de él... el resto es nuestro; el cuerpo y la cocina, el pedazo de queso viejo, el dulce de batata caliente y la piel gastada... ¿Qué se hará? -esto ya no es pregunta- Con humildad lo propongo, desconozcámoslo y hagamos, de a tres, de a cuatro o de a quinientos; sea, entonces, el resto de nuestras voces, derramado en ése plástico tan mal usado, sea derramado en el ollín y en el azulejo, para que el agua lo lleve a mejor vida.

Sea mover la cabeza de sí, sea hacer y resto, falta y resto.

César. Te saludamos...

Si es... bailaremos de a tres, y de a tres al altar.

S

martes, 4 de marzo de 2008

Los puercos...




"Señores, ayer, entre sueños, he olido la cocción: beban y coman, el cuerpo se ha servido"



Sepan entender, y si no, sepan discuplar; caso último, -que no era la intención- digo.



Orestes


Orestes es Febrero

se derriten tus mofletes

mazapán con celofán

constancia de hojotas

porfía de uñas encarnadas

se me voló la peluca

Orestes es Febrero

puta que hace calor

puta que los colectivos pasan

Orestes es Febrero

la re concha de tu hna.
S